8 MARZO

Por un feminismo con apellidos

Resulta brusco querer insertar en las comunidades indígenas el feminismo de universidad privada que promueve la clase media. Un feminismo huérfano, sin identidad que lo conduzca ni raíces que lo ubiquen, es presa fácil para el oportunismo ‘oenegista’ y los discursos politiqueros.

Por: Nayra Chalán

Hace poco más de un mes, tuve la oportunidad de participar de un foro de mujeres organizado por los estudiantes de Comunicación de la Universidad Politécnica Salesiana, y en el que participó uno que otro docente. En este, quedó de manifiesto que a las universidades privadas les cuesta mucho asumir su responsabilidad frente al acoso sexual, que no va más allá de ser un rumor de pasillo.

Por el contrario, la Universidad Central del Ecuador, pública y la segunda del país con más estudiantes, lleva dos años en el ojo del huracán por haberse destapado en su interior distintas agresiones sexuales, que han terminado con la separación de una decena de profesores. Surge, aquí, una paradoja: en lugar de apreciar la voluntad institucional de frenar estas agresiones, tanto la prensa como algunos movimientos políticos intentan pescar a río revuelto, tratando de mutar el imaginario violento de los “tirapiedras de la educación pública” hacia el de los acosadores. Estos grupos, en su mayoría, están liderados por docentes que jamás estudiaron en la universidad pública o que trabajan cómodamente en los centros de posgrado privados. Por tanto, no resulta inocente esta nueva-vieja desvalorización de lo público, que responde a las mismas corrientes ideológicas que promueven las recientes privatizaciones.

Aunque todavía queda mucho por hacer, es justo señalar que el esfuerzo conjunto de las estudiantes, docentes y autoridades Centralinas, ha logrado implementar instancias dedicadas específicamente a atenuar las desigualdades de género. La Asociación Universitaria Femenina (de la que debe juzgarse el uso utilitario y politiquero que hace su actual directiva; el Instituto de Investigación en Género y Derechos (INIGED); o el lactario Kaypimi Kani de la Facultad de Comunicación Social -creado a iniciativa de la exestudiante Mayra Tandazo-, son algunos de los espacios que buscan, además de visibilizar el patriarcado, acompañarnos y buscar soluciones a nuestros problemas como mujeres.

Problemas como los que señala el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC): las mujeres migramos por estudios y trabajo más que los hombres; desertamos de las universidades en mayor cantidad debido a la feminización de los cuidados; y, a pesar de que somos la mitad de la población económicamente activa, constituimos la mayoría del subempleo, desempleo y trabajo no remunerado. Pero, además, somos las mujeres indígenas las que mayores índices de analfabetismo presentamos en Ecuador y quienes sufrimos más violencia de género respecto a nuestra autoidentificación étnica. Esta última cuestión no responde a una naturaleza dada, sino a las precarias condiciones de vida que arrastramos desde la colonia, el patronazgo y la hacienda. De ahí que ser india, mujer y trabajadora sea una fatalidad.

Resistencia Waorani conaie

Por estas razones, resulta brusco querer insertar en las comunidades indígenas el feminismo de universidad privada que promueve la clase media. Un feminismo huérfano, sin identidad que lo conduzca ni raíces que lo ubiquen, es presa fácil para el oportunismo “oenegista” y los discursos politiqueros. “Los feminismos necesitan apellidos, porque los tienen. Porque hay feminismo negro, y hay feminismo obrero, feminismo marxista y anarcofeminismo, y porque todos ellos y muchos más entran dentro de una perspectiva enriquecedora para el mundo que es el feminismo de clase ”.

Las democracias representativas no han saldado la profunda deuda que mantienen con las mujeres, y proponen, como solución mágica contra la violencia y la desigualdad, la mera política de cuotas. Pero, aunque se va rompiendo poco a poco la brecha de género en la política, no ocurre así con la de clase, y hoy, una élite de hombres y mujeres sigue gobernándonos a las trabajadoras. Entre aquellas que pudieron dar un giro significativo a nuestra realidad, y no lo hicieron, está Gabriela Rivadeneira, posesionada como presidenta de la Asamblea Nacional en 2013 y que no presentó reforma alguna al COIP para proteger a las víctimas de la violencia machista. También Cynthia Viteri, la mejor posicionada para la alcaldía de Guayaquil. O Angela Merkel, o Ana Botín. Mujeres influyentes que rompieron el techo de cristal a golpe de capitalismo. De ahí que resulte dudoso que el mundo sería mejor si gobernásemos las mujeres, sin ponernos apellidos.

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Kapari Comunicación

Red de Comunicación Comunitaria Ecuador