El sueño del orden

nicoláscerretani

Los piqueteros franceses ganaron la batalla. Marcharon con las caras tapadas. Cortaron rutas. Pintaron edificios históricos. Quemaron autos. Tiraron piedras a la policía. La barbarie tercermundista, que en los “países serios no pasa”, pasó, y con un despliegue que nada tiene que envidiar a las naciones “atrasadas”. Esto no es ninguna novedad en los países europeos, pero agrieta los planteamientos del sentido común más obtuso.

La reciente victoria de Jair Bolsonaro en Brasil, abre un nuevo capítulo político en la historia latinoamericana, donde en el siglo XX los partidos conservadores de derecha tuvieron grandes dificultades para proponer una alternativa democrática viable. El sentimiento de descomposición social acarreado por las crisis económicas que afectan a varias de nuestras naciones está siendo capitalizado por fuerzas reaccionarias que se atribuyen la capacidad de restaurar el orden frente al caos provocado por las opciones políticas tradicionales, incluyendo las izquierdas. Un síntoma de la necesidad de reorganizar la sociedad bajo el imperio de la ley es el alzamiento de voces cada vez más fuertes contra expresiones sociales que, por su accionar o simple existencia, alterarían la forma habitual de organización social en nuestros países. Los movimientos de trabajadores, campesinos, étnicos, feministas, de derechos humanos, diversidad sexual, etcétera, son interpretados como expresiones apócrifas de un ser nacional menos definido que proclamado, y sus demandas son entendidas por los sectores neoconservadores de diversas maneras: tanto como conspiraciones fraguadas desde los más diversos polos de poder mundial, hasta desviaciones autóctonas engendradas a la sombra de gobiernos libertinos que no supieron reaccionar a tiempo para prevenirlos.

Con el fin de la década progresista, las esperanzas en Latinoamérica parecen depositarse en las expresiones políticas de derecha, y parte de la argumentación que fundamenta la necesidad de inclinarse a este sector viene dada por la interpretación de lo que sería la fórmula del éxito europeo: la imposición del orden social a rajatabla y la represión de diversas manifestaciones sociales, cosa que habrían provocado a lo largo de los años su crecimiento económico. Por supuesto, esta idea de Europa obedece más a una interpretación conservadora que a la realidad, como demuestran los recientes acontecimientos ocurridos en Francia contra el gobierno de Emmanuel Macron, quien se vio obligado a dar marcha atrás con el impuesto al combustible y a añadir un aumento del salario básico más un bono de fin de año para los trabajadores franceses como prenda de paz social.

Los piqueteros franceses ganaron la batalla. Marcharon con las caras tapadas. Cortaron rutas. Pintaron edificios históricos. Quemaron autos. Tiraron piedras a la policía. La barbarie tercermundista, que en los “países serios no pasa”, pasó, y con un despliegue que nada tiene que envidiar a las naciones “atrasadas”. Esto no es ninguna novedad para quien haya venido siguiendo los conflictos sociales de los países europeos o “desarrollados”, pero agrieta los planteamientos del sentido común más obtuso. Estas ideas son esgrimidas como verdades dogmáticas, reveladas vaya a saber uno por qué dios del periodismo.

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¿Dónde se origina la fobia al desorden y de qué manera se expresa en el votante neoconservador? Debemos observar, en primer lugar, que la necesidad de orden se fundamenta en una concepción según la cual la realidad social estaría configurada en una combinación específica de actores sociales, a quienes se les habría designado el espacio que ahora ocupan, de manera predeterminada y en virtud de lo cual se verían obligados a cumplir con ciertos mandatos y a reproducir ciertas prácticas específicas que ellos le confieren. Todo ello dictaminado por un imaginario arraigado en el sentido común que profesa la ideología conservadora y que intenta extenderla a sectores sociales cada vez más amplios, desde diversos aparatos ideológicos y simbólicos (en estricta correspondencia con la definición que Althusser hizo de ellos y que pueden expresarse en ciertas iglesias, medios de comunicación, escuelas de formación educativa específica). Esta interpretación de un orden social natural se hace extensible al conjunto de la comunidad política, asignándole un lugar y ciertas pautas de comportamiento al resto de los sectores sociales, aun cuando estos ignoren los términos de ese imaginario, o incluso lo reconozcan sólo a los efectos de discutirlo o combatirlo. Pero para los cultores del orden, cualquier alteración de esta organización social específica, que, a decir de Gramsci, se naturaliza como única, evidente y definitiva, acarreará disfuncionalidades de magnitudes catastróficas para el conjunto del cuerpo social, razón por la cual, frente a lo que serían praxis políticas profanas ejecutadas por algún agente, será frecuente la apelación a un poder ordenador superior que vuelque su repertorio de recursos, en especial los coactivos, al servicio de la restauración del organismo a su situación inmediatamente anterior. Si una confederación sindical lanza una huelga general para pedir mejores salarios, la reacción conservadora se aprestará a calcular los millones de dólares en pérdidas que esto le provoca al país, es decir, que, en su imaginario, el factor disruptivo no aparece en el desfasaje salarial o en el incumplimiento de los contratos que la originó, sino en su manifestación última, que es la que ocasiona la distorsión social.

En Argentina, los argumentos en contra de los efectos negativos de las movilizaciones públicas se multiplican, al tiempo que exigen penalizaciones cada vez más drásticas destinadas a quienes se atrevan a desafiar el statu quo, y siempre involucran el pedido de intervención de la fuerza pública. Si cualquier entidad con poder suficiente reniega de su situación e impulsa algún tipo de praxis dedicada a su transformación, ya comienza a alterar egoísta e irresponsablemente el delicado equilibrio social, es decir, dispondría de capacidad real para desarticular la configuración por defecto del orden social, pero sólo una de ellas posee los recursos necesarios para prevenirla y remediarla: el Estado.

En el imaginario neoconservador, el conflicto aparece como una mutación indeseable, como el mal funcionamiento de una de las partes que componen el tejido social y que, por lo tanto, comienza a afectar la integridad y el funcionamiento saludable del resto del organismo; por otra parte, se le atribuye al gobierno, como cabeza del Estado, la responsabilidad de conjurar el defecto mediante el uso de la espada pública. El teórico Carl Schmitt decía que el soberano es aquel que decide en los momentos de excepción, y en el imaginario conservador éste es el Estado en su concepción hobbesiana, o sea: aquel que no acepta desafíos ni admite cuestionamientos, el que monopoliza, gracias al pacto social, el ejercicio de la violencia física legítima, la justifica con las leyes y, con ello, previene la guerra de todos contra todos. Es también la razón de Trasímaco, quien le objetara a Sócrates que la justica no es otra cosa que el interés del más fuerte.

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Sin embargo, Schmitt habilita también la lectura opuesta: a la luz de los resultados obtenidos por los “chalecos amarillos” podríamos decir que, justamente, quienes decidieron en ese momento de excepción fueron aquellos que desafiaban al orden, volviendo hechos sus reclamos en abierta contradicción a la voz del Estado, y demostrando que la soberanía, en última instancia, radica en el pueblo. Esta contradicción aparente entre el lugar figurado de la decisión y su detentador real se comprende mejor cuando reconocemos la baja capacidad explicativa que, en la lectura de la actualidad, tienen las teorías que comprenden al Estado como un mero instrumento de represión. Sucede que los aparatos simbólicos dedicados a la construcción de consensos no demandan relatos dotados de una particular coherencia, más bien, de un conjunto de máximas y principios cuya concreción es altamente deseable y su capacidad explicativa verosímil.

Los postulados del orden necesitan encontrar que sus destinatarios los vivan con una intensidad tal que trascienda la necesidad de alguna evidencia que confirme su validez. Así, escucharemos en los medios de comunicación hegemónicos una reedición del eslogan decimonónico parafraseado en Orden y Desarrollo, sin explicar jamás la relación exacta ni el significado real de ambos términos. Como subsidiario de ese corolario, se deduce que el subdesarrollo viene asociado al carácter revoltoso y desafiante de los pueblos latinoamericanos, y que las protestas del calibre de las que se observan en estos días en Francia son típicas de los países pobres, que no sirven para nada y que, peor aún, mantienen al país en el atraso, porque al país “se lo saca adelante trabajando”, ignorando, por pereza o desinformación, que justamente las personas que menos tiempo le dedican al trabajo son los habitantes de los países desarrollados. En las Américas y el Caribe, el 34% de las naciones no tienen límite de horas laborales semanales, y aun así se obstinan en seguir siendo pobres. Puras excusas para no darle la razón al periodismo mediocre que tanto se consume en esta esquina del mundo. Ignorando todo eso, los franceses (y nada menos que los franceses, tenidos por las clases medias latinoamericanas como el pináculo de la sofisticación y el refinamiento) vienen a poner delante de las narices lo que no quieren mirar: que no alcanza con ir a trabajar todos los días, ocuparse solamente de los problemas individuales sin protestar, y creer que el resto se hace solo. Hay que levantarse del sillón, apagar la televisión y salir a reclamar por lo que es justo, ya que, si todavía no lo saben, es hora de que lo vayan aprendiendo: ¡Las conquistas sociales se consiguen luchando!

Published by

Kapari Comunicación

Red de Comunicación Comunitaria Ecuador

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