Volver al antifascismo histórico: una necesidad política

Originalmente, la lucha contra el fascismo fue protagonizada trabajadores organizados alrededor de partidos y sindicatos marxistas y anarquistas que no dudaron en emplear la violencia. Sin embargo, desde el fin de la modernidad, la obsesión por la diferencia, el rechazo a lo colectivo y el rencor a la política de clases se ha apoderado del activismo progresista, demostrando ser absolutamente insuficiente para impedir el éxito electoral de personajes como Trump, Salvini o Bolsonaro.

Durante los últimos años, los gobiernos progresistas de medio mundo han ido retrocediendo en sus ambiciones políticas, centrándose o perdiendo espacio electoral. Algunos analistas han adivinado en estos movimientos la llegada de un “giro regresivo” que, a la luz de las últimas semanas, parece una predicción terriblemente optimista, ya que realmente podríamos encontramos ante el retorno de nuevas formas de fascismo. En cuestión de dos años, candidatos presidenciales con discursos abiertamente machistas, xenófobos y militaristas han logrado colocarse en el trono de gigantes de la economía mundial como Estados Unidos, Italia o Brasil. Pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

La crisis de régimen del capitalismo global tomó por sorpresa a las izquierdas en retirada y a la derecha tradicional, provocando un descontento generalizado en amplias capas de la población. Al declive económico, además, se sumó la corrupción estructural de las élites políticas. Una corrupción transversal en lo ideológico, con potencial de igualar a las izquierdas y a las derechas como males del sistema.

Esta ausencia de representación, de impugnación a los defectos más groseros de las democracias capitalistas, abrieron una ventana de oportunidad a nuevos movimientos políticos de ruptura, acontecimiento conocido como momento populista. Entendemos aquí el populismo no como una tendencia política -como de manera superficial lo califican sus detractores-, sino como una técnica basada en promover la soberanía popular, combatir a las élites corruptas, instrumentalizar los sentimientos nacionales, construir antagonismos y entregarse al pueblo. Características que pueden ser explotadas al mismo tiempo por ambos extremos del arco político.

De este modo, en muchos países azotados por la crisis han surgido simultáneamente populismos de izquierdas y de extrema derecha. En Estados Unidos, el único contrapeso real que pudo haber tenido Donald Trump fue un Bernie Sanders que no tenía empacho en denominarse socialista en el país de la Guerra Fría, pero que no fue capaz de vencer a la casta del Partido Demócrata en sus primarias. En Italia, ambos populismos, representados por el Movimiento 5 Estrellas y la Liga Norte, gobiernan en alianza defendiendo una política migratoria voraz. En Brasil, tras más de una década de populismo progresista azotado por la corrupción, se dejó todo el camino libre a los nostálgicos del Plan Cóndor.

A pesar de las semejanzas entre todos estos fenómenos, y aunque comparten lo que parece ser un sentido común de época contra las élites, también mantienen diferencias fundamentales que demuestran lo inclasificable del fascismo. Por ejemplo, el caso de Jair Bolsonaro, aupado hacia la presidencia por la Brasil blanca y rica, parece probar la tesis de Ernest Mandel de que el fascismo es un “movimiento típicamente pequeño-burgués, mezcla de reminiscencias ideológicas y de resentimiento psicológico, que alía a un nacionalismo extremo y a una violenta demagogia anticapitalista, al menos verbal, una profunda hostilidad con respecto al movimiento obrero organizado”. Sin embargo, el apoyo a Donald Trump entre los sectores más empobrecidos de Estados Unidos pone en cuestión esta teoría, y señala al fascismo como un movimiento genuinamente popular. Tenga razón Mandel o no a la hora de señalar al “sujeto fascista”, estos gobiernos han llegado a ser tales a través de discursos que interpelan directamente a la lucha de clases y a los intereses de los trabajadores: la existencia de una inmigración descontrolada. 

¿Qué está haciendo el antifascismo hoy?

Históricamente, el antifascismo ha sido un movimiento de trabajadores organizados alrededor de partidos y sindicatos marxistas y anarquistas que no dudaron en emplear la violencia contra el fascismo. La Résistance francesa, los partisanos italianos y los milicianos españoles de los años treinta dieron buena cuenta de que la lucha contra el fascismo era, esencialmente, una cuestión de clase en la que el pacifismo no tenía posibilidades de éxito. Del mismo modo, el antifascismo cultural estaba absolutamente imbricado al comunismo, y los artistas que con mayor fidelidad lo representaron, como el cantautor estadounidense Woody Guthrie o el cineasta Pier Paolo Passolini, nunca pudieron entender su militancia contra las dictaduras fascistas aisladas de su deseo de emancipación del proletariado.

No obstante, tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos occidentales que combatieron a la Alemania nazi promovieron un antifascismo liberal que les situase en el centro de la historia, tratando de ocultar el papel crucial que los Estados y organizaciones socialistas jugaron en la victoria frente a las potencias del Eje. El antifascismo dejó de ser un asunto político para transformarse en una cuestión técnica: la democracia liberal, como forma de gobierno, funciona mejor que cualquier dictadura estatista, en tanto que respeta las libertades individuales y de mercado.

Desde entonces, y de manera más acentuada con el fin de la modernidad, la obsesión por la diferencia, el rechazo a lo colectivo y el rencor a la política de clases se ha apoderado del activismo progresista, y el antifascismo no ha escapado de ello. Los adversarios de estos nuevos populismos de ultraderecha, salvo contadas excepciones, han intentado vencer electoralmente prestigiando las luchas culturales frente a las económicas, demostrando que dicha estrategia representa, hasta ahora, un fracaso rotundo. El Partido Demócrata se valió de una mujer burguesa y de toda la prensa del sistema para intentar frenar a Donald Trump, sin poder presentar una alternativa real para aquellos trabajadores norteamericanos asfixiados por los tratados de libre comercio y la extensión de las maquiladoras. Por su parte, Fernando Haddad optó por un discurso de paz y amor frente al odio hacia las minorías sexogenéricas y raciales que propugna Bolsonaro, desaprovechando todo el potencial movilizador que tiene el resentimiento hacia las élites. La cruda realidad de que más del 40% de las mujeres estadounidenses votaron a Trump  y de que el 50% de las brasileñas hicieron lo propio con Bolsonaro, a pesar de las barbaridades que ambos dijeron sobre las mujeres, muestra que la posibilidad de que el eje de género sea determinante en unas elecciones es, de momento y lastimosamente, solo un deseo.

Si bien es cierto que la política de clases no ha sido tampoco un ejemplo de éxito electoral en periodos de expansión capitalista, sí ha demostrado ser un tapón para los proyectos fascistas que resurgen cíclicamente en los momentos de repliegue económico. De hecho, es una carta que también juegan (estéticamente) los populismos de ultraderecha, en la medida en que discuten a las élites y a los inmigrantes.

El antifascismo de hoy debe regresar a sus orígenes, ocuparse de las mayorías, reincorporar los problemas de los trabajadores y reivindicar el internacionalismo proletario frente al multiculturalismo progresista que tan ineficiente se ha mostrado. Asimismo, la izquierda tiene que hacer frente a la inmigración descontrolada con soluciones reales, con propuestas más políticas que humanitarias, y que protejan a los sectores más vulnerables de la economía, como los vendedores informales y los obreros no cualificados. Sólo así podremos enderezar el giro fascista al que, parece, nos vemos inevitablemente abocados.

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Adrián Tarín

Periodista, emigrante andaluz e investigador en el Grupo Interdisciplinario de Estudios en Comunicación, Política y Cambio Social (COMPOLITICAS).