Julian-Assange asilo

Julian Assange y la izquierda ecuatoriana

Una parte de la izquierda ha caído en la trampa del nacionalismo, afirmando una condición patriótica que contradice, en esencia, el internacionalismo y la solidaridad entre los pueblos, asumiendo una defensa de la soberanía y de las élites nacionales de los países afectados por la información desclasificada.

Los seis años, cuatro meses y veinte días que Julian Assange, fundador de Wikileaks, lleva asilado en la Embajada de Ecuador en Reino Unido representan para la comunidad internacional un grave conflicto entre la seguridad informática de nuestras comunicaciones y el poder político supranacional.

Varios países están involucrados en este asunto de diferentes formas: Estados Unidos pide su extradición para juzgarlo por espionaje y traición, lo que podrían condenarlo a la pena de muerte o, en el mejor de los casos, a prisión en la base militar de Guantánamo. Se presume que Rusia habría intentado sacarlo de la embajada con el objetivo de llevarlo clandestinamente a su territorio o a Ecuador, donde el asilo sería efectivo.  Nuestro nuevo gobierno, en cambio, se encuentra ahora revisando la continuidad del asilo durante la administración de Rafael Correa.

En su reciente viaje a Europa, Lenín Moreno dejó claro que su ejecutivo está negociando la entrega de Assange a las autoridades británicas, cuyos policías están vigilando fuera de la embajada ecuatoriana para detenerlo en el momento en que salga a las aceras de Londres. 

La clase política y económica de Estados Unidos ha manifestado, en varias ocasiones, su inconformidad con el asilo concedido por Ecuador, y exigen su extradición. Incluso, han llegado a afirmar la injerencia de Wikileaks en las elecciones del 2016 que dejaron en evidencia la participación en actos de corrupción de Hilary Clinton, entonces candidata por los Demócratas a la presidencia de ese país.

Pero el caso Assange no sólo provoca debate entre las élites estadounidenses o británicas,  sino que la izquierda de varios países se encuentra duramente interpelada. Se afirma una condición patriótica que contradice, en esencia, el internacionalismo y la solidaridad entre los pueblos, asumiendo una defensa de la soberanía y de las élites nacionales de los países afectados por la información desclasificada.

La discusión sobre el nacionalismo no es nueva, y responde a un debate centenario sobre el rol de la clase obrera frente al Estado. A inicios del siglo XX, ante los indicios del primer conflicto armado mundial, los miembros de la II Internacional debatían su rol frente a las potencias en guerra. En una parte, estaban los que llamaban a la unidad nacional y, en el otro, los que denunciaban los intereses de la burguesía en la reconfiguración del escenario económico y político europeo. Resultado final: miles de obreros y civiles murieron en la I Guerra Mundial defendiendo las fronteras de una patria que apenas les pertenecía.

En América Latina, la inevitable cita del “ni calco ni copia”, o la frase “peruanicemos el Perú que Mariátegui adoptara para contar con el apoyo del Partido Comunista del Perú, evidencia la crisis de un nacionalismo parcial e inconsecuente que reduce la escencia del “marxismo a la peruana” a un epitafio que llama a unidad nacional cuando, en realidad, su postulado apuntaba a señalar las particularidades sobre las cuáles debía cualificarse la práctica del marxismo en los partidos de izquierda regionales.

Esa doble polémica enfrentó, sucesivamente, a los ideólogos del orden oligárquico imperialista o del nacionalismo socialdemócrata con la izquierda radical, que encontró en la construcción del Estado nación un horizonte utópico a cumplir. Las revoluciones liberales y la conformación de los partidos socialistas y comunistas en América del Sur se nutrieron de la controversia sin resultados positivos. Al contrario, cada vez más las posiciones en relación a estos conflictos terminan con alocuciones conservadoras que nos llevan a pensar, por ejemplo, cuánto dinero gastó Ecuador para cubrir el asilo político de Assange a lo largo de estos seis años, o quiénes son los benefactores de la lucha jurídica encabezada por Baltasar Garzón.

Ninguna organización de derechos humanos, no gubernamentales o civiles se ha pronunciado sobre el asilo. Los personajes públicos, incluido Fernando Villavicencio, quién presentó una denuncia a la Fiscalía Nacional sobre uso ilegal de recursos públicos en una serie de contratos relacionados con servicios de inteligencia y contrainteligencia, tampoco muestran algún tipo de solidaridad con el caso. Parecería que es más importante defender nuestra privacidad informática a desnudar los entresijos del poder a toda costa. La izquierda se olvidó de defender la vida y la dignidad del ser humano, y cayó en la trampa del nacionalismo.

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Kapari Comunicación

Red de Comunicación Comunitaria Ecuador

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