Cherán K’eri: Entre la tradición y la adaptación al cambio climático

Tania Gonzalez

Desde el levantamiento indígena de 2011 en el pueblo mexicano de Cherán y la consiguiente expulsión del Estado en la gestión de la comunidad, se ha logrado reforestar más del 50% del territorio devastado por los taladores furtivos; se ha alcantarillado la zona urbana; se ha prohibido la caza silvestre; se ha abierto el primer centro de rescate animal; se ha implantado una política masiva de reciclaje y se han prohibido los embalajes plásticos de algunos productos.

Desde hace años, han aparecido en la prensa mexicana titulares que sitúan a la ciudad de Cherán K’eri como el primer municipio libre de basuras del país. Pero ¿quiénes son los cheranenses? ¿de dónde surge esta iniciativa? Y, especialmente, ¿por qué una comunidad indígena manifiesta tanta preocupación por el medio ambiente?

Cherán se encuentra en la meseta P’urhépecha, en el estado de Michoacán, al noroccidente de la Ciudad de México. Una comunidad con un gran área urbanizada -posiblemente la mayor de toda la meseta-, que cuenta con algo más de 18.000 habitantes, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). La cantidad de habitantes, la planificación urbana y el régimen de autogestión indígena, convierten a Cherán en un poblado sumamente interesante en términos de cambios socioambientales.

Cabe tener en cuenta, igualmente, que cuando comenzó el proyecto político del que hablamos, en el año 2011, la invasión del narco-gobierno mexicano estaba en auge, y Michaocán se había convertido en un estado violento, inseguro y en plena guerra, lo cual tuvo repercusiones ambientales en muchas comunidades indígenas. Con este antecedente, el 15 de abril de 2011, un grupo de mujeres interceptó una camioneta de “talamontes” -que, realmente, eran elementos foráneos a la comunidad con permiso del gobierno local para exterminar sus bosques-, dando lugar a un levantamiento indígena que implicó cerrar las carreteras y expulsar, mediante las armas, al gobierno municipal de entonces, dando lugar a una corporación conformada por doce k’eris o sabios. Igualmente, en aquella primavera se formó el Concejo de Bienes Comunales, formado por comuneros electos según el sistema tradicional de designación de autoridades p’urhépechas, que tomó serias cartas en el asunto de la deforestación y la desertificación forzada.

Desde entonces, y durante los últimos seis años, han logrado reforestar más del 50% del área devastada por los “talamontes”; han colocado un sistema de alcantarillado en las zonas urbanas; han prohibido la cacería de animales silvestres; han abierto el primer centro de rescate de venados; han conseguido que el 90% de los hogares mantuviera una política de reciclaje de deshechos constante; y han prohibido el uso de bolsas plásticas en la comercialización de algunos productos. Todos estos logros no fueron fáciles de obtener: muchos comuneros murieron en enfrentamientos, y el proceso de autogestión comunal, finalmente exitoso, tuvo que conformar medios de comunicación locales para lograr el empoderamiento de la comunidad.

Todas estas acciones no fueron, solamente, una excepción afortunada, sino que se inscriben en toda una corriente de análisis que subraya la importancia de actuar en lo local para pensar en lo global. Así, según el Cuarto Informe de Descentralización y Democracia Local, la lucha contra el cambio climático debe recaer en escalas pequeñas de territorio, para que se fortalezcan las gobernanzas centrales o nacionales. El modelo de gestión independiente de estas modestas comunidades, especialmente las de carácter indígena, permite superar la devastación ambiental y económica a la que los gobiernos nacionales corruptos pueden someter a sus poblaciones. De hecho, en Michoacán, una decena de comunidades más están buscando su autonomía administrativa basándose en la experiencia de Cherán K’eri. Principalmente, porque en ellas el Estado central no funciona, con un manejo de recursos desconfiable y con estrategias de gobierno alejadas de las tradiciones locales.

Entonces, las ciudades pequeñas, desde esta perspectiva, tienen más opciones de pensar su adaptación al cambio climático, en la medida en la que, a los avances técnicos para preservar el medio ambiente, se incorpora el saber tradicional sobre el clima, los cultivos o el territorio. Esta convivencia de conocimientos -tecnología moderna aplicada a los saberes tradicionales- permite que Cherán pueda subsanar las necesidades comunitarias de manera más efectiva. Como expone Neil Brenner, esta población “es un enclave en evolución dinámica, un contenedor y resultado de procesos de transformación socio-espacial y socio-ecológica”, cuya profundidad histórica puede remontarse incluso a periodos prehispánicos.

De este modo, todas las comunidades del mundo pueden sacar importantes lecciones de la experiencia de Cherán: la posibilidad de formar gobiernos comunitarios eficientes y alejados de los partidos políticos tradicionales; la implantación de un modelo administrativo que invierte la verticalidad “arriba-abajo”; el fortalecimiento de los medios comunitarios como mecanismo para el empoderamiento colectivo; la combinación de los saberes modernos y ancestrales como forma superior de conocimiento; y el desarrollo de unas políticas públicas ecológicas que permitan armonizar la existencia humana y natural.

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Kapari Comunicación

Red de Comunicación Comunitaria Ecuador