Arturo Jarrín: El asesinato de un hombre sereno

Santiago Aguilar

En Ecuador, hubo un tiempo en el que mencionar el nombre de Arturo Jarrín estaba prohibido, era motivo de sospecha, de persecución y, a veces, hasta de violencia. Después de treinta y dos años de su asesinato, su figura despierta aún pasiones, ternuras, afectos, pero también remueve capas de un rencor político inadmisible si vienen dictadas por la desinformación. La traición que lo condenó a muerte es la misma que ahora se cierne ante el cómplice silencio de los medios.

Han pasado 32 años desde la trágica noche en que la policía ecuatoriana montara un sainete de la peor calaña para urdir una trama que disculpara la tortura y el asesinato cobarde de Ricardo Arturo Jarrín, entonces líder de Alfaro Vive Carajo (AVC).  Dirigida por el socialcristiano León Febres Cordero, la torpeza policial inventó un enfrentamiento en Carcelén, en el norte de Quito, para ocultar la verdad.

La policía panameña captura a Jarrín el sábado 25 de octubre de 1986. Lo duerme y lo embarca en un avión con rumbo a Quito. El vuelo es turbulento y el oficial no quita la mirada de su cuerpo inmóvil. Al aterrizar en la base aérea, Arturo tiene el más espeluznante comité de recibimiento que alguien pudiera imaginar: el mismo ministro de Gobierno, Luis Robles Plaza, su asesor, Gustavo Lemus, y el jefe del SIC-10, Édgar Vaca, rodeado por otros tantos agentes. Al ver el cuerpo, sonríen satisfechos. Sus fauces feroces no pueden esperar más para cernir sobre él todo el odio y el rencor que guardan después de los operativos que este menudo hombre dirigió o protagonizó, y que los hizo quedar en evidente ridículo, como el asalto al Rastrillo o la fuga del penal García Moreno. La jauría se traslada ahora en una caravana de tres vehículos, atraviesan la ciudad y llegan hasta La Remonta, una casona donde funcionan las caballerizas de la policía. Es en ese lugar en el que Jarrín recupera el conocimiento. Despierta rodeado de agentes que lo miran absortos, antes de empezar a golpearlo, a descargar sobre ese débil cuerpo toda la rabia que los habita. El país que recibe a Arturo es un caos de huelgas, movilizaciones populares y descontento generalizado con el gobierno de Febres Cordero.

Vuelve la guindada, la funda de gas asfixiándolo, la electricidad en el cuerpo, los golpes, los saltos sobre él, el submarino… Arturo no dice nada, ¿sobre quién?, si él era el hombre al que buscaban, la presa más deseada, el trofeo más alto del macabro estante en el que habían colocado a punta de bala a tantos otros jóvenes idealistas. El dolor infligido contra su cuerpo no le duele tanto como tener la certeza de que no podrá cumplir la promesa de rescatar a sus compañeros. Una lágrima se escurre por su rostro, solloza. Los torturadores no le dan tiempo a pensar ni a sentir. Desnudo y colgado de sus pulgares ve llegar a Gustavo Lemus y a Édgar Vaca, que se burlan de él, lo humillan, y toman parte de las torturas. Siente que hieren su cuerpo con navajas. La ferocidad de los asesinos los lleva a cortar parte de sus genitales. Cansados, con sus mandíbulas saciadas, salen y dejan una pistola 9mm sobre la mesa.

Ya ha pasado una noche, y los oficiales Wilson Z., Pedro C. y Eduardo Z. suben al balde de una camioneta azul. En la cabina están los oficiales Alberto R. y José V. En medio de ambos, esposadas las manos, amarrados los pies, Ricardo Arturo Jarrín. Trasladan el amoratado y débil cuerpo hasta el sector de Carcelén, en el norte de Quito. Wilson Z. se va a una esquina, tiene un guion que se apresta a representar de forma ridícula. En tanto llegan y arman la parafernalia de la muerte, Martha Eufemia Jijón mira la televisión en su dormitorio, ubicado en aquel sector poco iluminado y con amplios espacios verdes. Al escuchar las explosiones, sale a la ventana a ver si otra vez reventó uno de los transformadores que abastecían de energía eléctrica al sector. Al asomarse, observa a un hombre sentado en las gradas de acceso a unos departamentos. Sobre él, un hombre empieza a disparar, una bala ingresa por el pómulo izquierdo, destroza en su trayectoria parte de la dentadura, atraviesa la caja torácica y abdominal, y se aloja en el hueso sacro. Los balazos se ciernen sobre él mientras Wilson Z, grita “¡se va, se va, se va!” pretendiendo armar la coartada de un supuesto intento de fuga.

Arturo, sangrante, cae en el segundo escalón y queda a treinta centímetros del piso. Los dos orificios de bala en la pared, donde apenas se sostiene, son testigos silentes de la barbarie. Su cuerpo alberga heridas en el muslo y en el brazo izquierdo. Ambas lesiones no son en sí mismas letales. La herida causada por el balazo en la cara tampoco constituye un daño mortal inmediato, sino que lleva a la muerte después de horas de dolor, inconsciencia y hemorragia. Los ocho balazos recibidos a corta distancia en el tórax acabaron inmediatamente con la vida de Ricardo Arturo Jarrín Jarrín.

Los veintinueve años, nueve meses y dieciséis días que Arturo habitó este mundo los dedicó a soñar y a trabajar para materializar aquella realidad que un día creyó posible. Viajó a Colombia, a Libia, a Nicaragua y a Rusia en búsqueda de herramientas que le permitieran concretar la más alta de sus ilusiones: un Ecuador en paz y con justicia social. Ahí está la paradoja de su vida, la encrucijada a la que se enfrentó. Su ingenio y capacidad de movilización lo convirtieron en un hombre temido incluso por sus propios carceleros, que en algunos casos terminaron siendo sus amigos. Las espectaculares acciones que organizó y las que él mismo protagonizó, solo pueden explicarse por la pasión y la entrega desinteresada a su causa y a su sueño.

En Ecuador, hubo un tiempo en el que mencionar su nombre estaba prohibido, era motivo de sospecha, de persecución y, a veces, hasta de ataques violentos. Después de treinta y dos años de su asesinato, la figura de Arturo despierta aún pasiones, ternuras, afectos, pero también remueve capas de un rencor político inadmisible si vienen dictadas por la desinformación. La traición que lo condenó a esa muerte tan violenta es la misma que ahora se cierne sobre la memoria, amparada por el cómplice silencio de los medios masivos. En este nuevo gobierno ya nadie quiere hablar del tema: los jueces vuelven a mirar a otro lado, esperando que la muerte deje en la impunidad a los represores, tal como sucediera con Febres Cordero. Pero la muerte no lo borra todo, quedan las cicatrices y el dolor de cientos de familias que sienten bajo sus cabezas la bota del odio; el viejo y el nuevo odio.

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Kapari Comunicación

Red de Comunicación Comunitaria Ecuador