La canción traicionada: pasado y presente del himno del pueblo (II)

Por: Xavier Silva

Tras una primera parte en la que se analizó el contexto histórico en que se creó la canción El pueblo unido jamás será vencido, en esta ocasión se discuten las condiciones en las que fue difundida y su utilización actual por las socialdemocracias latinoamericanas. Aunque una traición es una traición, no llamamos a incinerar estos discos ni sus memorias. Sí convocamos, en cambio, a seleccionar mejor lo que escuchamos y lo que cantamos, y a observar de cerca a quienes canten en nombre del pueblo.

“Que el canto tiene sentido cuando palpita en las venas

del que morirá cantando las verdades verdaderas…

Canto que ha sido valiente, siempre será canción nueva”.

(Víctor Jara).

Su difusión mundial

Luego de que la canción El pueblo unido jamás será vencido se estrenara en junio de 1973 en la Alameda de Santiago, fue publicada por primera vez en material fonográfico por la Discoteca del Cantar Popular (DICAP), sello discográfico en propiedad de las Juventudes Comunistas de Chile. A partir de allí, y con sus intérpretes de Quilapayún ya en el exilio francés, aparecieron más ediciones de estudio y en vivo. También, el grupo Inti Illimani, exiliado en Italia, grabó el tema y lo difundió con gran éxito.

Sin embargo, en los días siguientes al golpe de Estado de Augusto Pinochet, en septiembre de aquel año, parte del archivo de la DICAP fue destruido tras el allanamiento de sus oficinas. Con todo, mucho de lo producido ya se encontraba en manos de la gente, por lo que decenas de canciones continuaron su camino y, hasta hoy, nadie ha logrado detenerlas.

En expresión franca de solidaridad y lucha internacionalista, los sindicatos, movimientos y partidos obreros de todo el mundo hicieron suyos los himnos de la nueva canción chilena, inundando el espíritu de resistencia y rebeldía de los explotados en todo el planeta. Los mismos exiliados, simpatizantes y militantes de la Unidad Popular fueron difusores de estos emblemas a través de un número reducido de discos originales -considerados joyas por quienes los consiguieron- y, sobre todo, de casetes regrabables, fabricados, curiosamente, por compañías transnacionales.

Desde aquellos años, Quilapayún e Inti Illimani prosiguieron sus giras internacionales. No obstante, no podemos pasar por alto que, desde el arribo del nuevo sistema presidencialista a la república chilena tras la caída de Pinochet, ambos grupos sufrieron profundas crisis. Como si les hubiera alcanzado la vara de un mismo sino trágico, ambos conjuntos vivieron disputas legales e intestinas entre facciones que reclamaban el derecho exclusivo a su continuidad artística. ¿Señal de los “nuevos tiempos”? ¿Infiltración de alguna variante del pensamiento posmoderno? ¿Abandono o carencia de una asimilación real de los principios cooperativos e igualitarios que, supuestamente, los unieron en su juventud? Lo cierto es que, en medio de acusaciones que fueron y vinieron desde lo ético, lo estético y hasta lo económico, y aunque algunos protagonistas han declarado que esos conflictos se encuentran superados, las facciones enfrentadas sufren, hasta la actualidad, las consecuencias emocionales, políticas y jurídicas de esas crisis.

Un expediente aparte es el que integra la lista enorme de artistas que han versionado las notas de esta canción. Estados Unidos, Irán, Rusia, Filipinas, Grecia, Túnez, España o Brasil, son algunos de los países que registran este tipo de aportes, sin tomar en cuenta la infinidad de manifestaciones callejeras en las que, consignando esa gran invitación, se propone la urgencia de establecer, por fin, un sistema de organización social acorde a las reales necesidades humanas.

La hermosa canción traicionada

Le agrade o no a la audiencia, El pueblo unido jamás será vencido se levanta como producto cultural sobre los pilares de una cosmovisión materialista y dialéctica. El contexto social y la filosofía que motivan la creación a la que nos referimos son únicos y claros. Es más, una de sus características más notables es la de no estar viciada de sectarismo; la canción es, en definitiva, total e incluyente. Por eso la sienten el pueblo y todas las vertientes de la izquierda, ya que contiene un claro posicionamiento de clase y pertenece a las clases subalternas en su conjunto. Habla y canta desde, y por ellas. Así, se encuentra entre lo más destacado de la cultura revolucionaria de todos los tiempos, a un nivel cercano al que ocupa La Internacional.

De lo mejor que puede acusarse a la canción es de destruir las ideas y las prácticas individualistas y enajenadas para transformarlas en acción colectiva consciente y liberadora del dominio y de la hegemonía burguesa. Por esto nos alerta parte del artículo escrito por Eduardo Carrasco, director actual de Quilapayún, con motivo de la celebración, en abril de 2015, de los 50 años del conjunto: 

(…) Y toda esta evolución, que nunca ha renegado de lo hecho anteriormente, sino que lo ha incluido en las nuevas posturas, ha sido seguida y aprobada por miles de seguidores, que han comprendido que los cambios experimentados por el grupo siempre han sido los necesarios (…). Desde un ‘Pueblo Unido’ que en un comienzo excluía hasta a los demócratas cristianos, a un ‘Pueblo Unido’ que hoy día no excluye a nadie, porque los principios democráticos prescriben que no se trata de anular al adversario, sino de buscar con él lo que es común y lo que por eso podrá asentarse como cimiento de una vida civilizada y armónica. Chile será construido por todos sus ciudadanos, no por un sector de ellos.

¿A qué acepción se adhiere, en este caso, la palabra ciudadanos? ¿A qué nuevas posturas se refiere Eduardo Carrasco? Pues nada menos que a las que se adaptaron con comodidad a la supremacía de las economías de mercado, a las socialdemocracias caritativas que permitieron que, emblemas como el que tratamos, se instrumentalicen al servicio del gobierno de Rafael Correa, o cualquiera de los llamados progresistas. Por más que Carrasco intenta posicionar que su “renovación” sirve para complementar su antiguo punto de vista, parece evidente la negación absoluta de lo pensado y hecho en sus primeros años.

Y es esta la tendencia de buena parte de exmilitantes que abandonaron el horizonte revolucionario y ahora proclaman la “necesidad” de conformarse con la línea de una “izquierda más actualizada”, lo que da cuenta de una escasa comprensión de la proeza humana cruda y compleja que entraña toda revolución; proeza que no se desarrolla limitada a la existencia de una generación, sino al encadenamiento histórico de varias, y que, de manera particular, implica la tenacidad, la coherencia ideológica y política que, en medio de aquel proceso histórico monumental, muestran los individuos a lo largo de su vida.

Junto a sus discursos librepensadores, presentaciones multitudinarias irreverentes, etcétera, casi nada queda ya de la conexión honda y real con los empobrecidos del mundo. Con seguridad, Quilapayún no estará conforme con la sobrevivencia de la explotación humana, pero tampoco hizo mucho en su contra al colaborar, al menos en Ecuador, con una mentira de la envergadura de la declaración de principios de Alianza PAIS.

Conclusiones necesarias

Existe una relación insoslayable entre lo que pensamos, predicamos y actuamos; una comunión vital entre teoría y práctica que da cuenta real de lo que somos. Sin esa conexión básica entre el decir y el hacer, bien somos a medias o, simplemente, no somos. Los trabajadores de la música que no actúan conforme a lo que cantan terminan mercatilizando lo producido. ¿Quién no recuerda a Michael Jackson implicado en acusaciones de pedofilia habiendo cantado a favor de la protección de la infancia?

Ya no sorprende, pero aún golpea, que valores como los de Quilapayún y otros de la nueva canción latinoamericana, adornen las tarimas del ala central de la política, alejados de lo que, alguna vez, significaron. Aunque una traición es una traición, no llamamos a incinerar sus discos ni su memoria. Sí convocamos, en cambio, a seleccionar mejor lo que escuchamos y lo que cantamos, y a observar de cerca a quienes canten en nombre del pueblo.

A quienes continuamos en esta historia nos queda, claro está, aprender de lo visto y de lo vivido. Nos queda desarrollar nuestra conciencia de clase, volver al campo y a los mercados, inundar las fábricas, encender las universidades, las plazas y los barrios, hacernos de los saberes y de los decires populares, escribir y cantar desde abajo para formar, formarnos y agitar entre nuestros hermanos el ideario de la lucha y de la esperanza. Nos queda persistir en la organización de los nuevos trabajadores del arte, los que no se arrugan frente a la necesidad de tomar partido, los que desprecian a la egolatría y a los individualismos, los que resuelven todo en colectivo bajo principios comunitarios sin avergonzarse de ellos. Siempre con la certeza de que requerimos obrar desde el amor radical, con el objetivo supremo de movilizar espíritus para protagonizar unidos la insurrección permanente con miras hacia la soñada revolución comunista. Mientras exista el sacrosanto derecho a la plusvalía de los pequeños y grandes potentados, mientras subsista el capitalismo pudridor de cuerpos y de espíritus, continuaremos necesitando cantoras y cantores decididos, comprometidos e insurrectos.

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Kapari Comunicación

Red de Comunicación Comunitaria Ecuador