La extrema derecha irrumpe en las elecciones de Brasil

Leonardo M. Firmino

El gran reto de la izquierda en la segunda vuelta no será mostrar a los electores que Jair Bolsonaro es un monstruo. Esto muchos ya lo saben y, de hecho, es exactamente lo que desean. Quieren a alguien que altere el orden de cosas y que cometa las “necesarias” atrocidades “por un bien más grande”. Así, lo que definirá el resultado será el conflicto interior de los votantes centristas, debatidos entre la valorización de la democracia y los derechos humanos, y el impulso por resetear el sistema a cualquier precio.

Los resultados de la primera vuelta de las elecciones brasileñas de 2018, tanto a nivel local como nacional, están poniendo en discusión buena parte de las previsiones hechas por especialistas desde principios de este año. Se creía que la típica polarización entre los partidos hegemónicos -Partido de los Trabajadores (PT) y Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB)- tendría lugar una vez más y que, en este contexto, una gran cantidad de escaños de centro, provenientes de otros partidos, servirían al vencedor para formar un gobierno con mayoría en el legislativo. Pero una enorme ola de la derecha conservadora y reaccionaria arrasó el tablero del juego político clásico, drenando la mitad de los escaños de los moderados y posicionando en el primer lugar de la disputa por la presidencia de Brasil al ultraderechista Jair Messias Bolsonaro, del Partido Social-Liberal (PSL).

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

En el 2014, Dilma Rousseff, sucesora del presidente Lula da Silva y que se disponía a encabezar su segundo mandato personal y el cuarto consecutivo de su partido, llegó al poder con un resultado muy apretado, un 51,64% respecto al 48,36% obtenido por su rival, el senador Aécio Neves. Dilma logró construir una frágil coalición con partidos centristas, que se volvieron contra ella en tan solo dos años de mandato, lo que dio lugar al conocido proceso de destitución por un inexistente crimen de responsabilidad fiscal. El impeachment, mejor definido como golpe, fue liderado por su propio vicepresidente, Michel Temer, y el presidente de la Cámara de los Diputados, Eduardo Cunha. Mientras tanto, ya había estallado el mega proceso “Lava-Jato”, que en sus diversas fases fue investigando, condenando y encarcelando a decenas de políticos y empresarios de casi todo el espectro electoral.

En este escenario, el sentimiento de antipolítica y contra el PT creció, y se nutrió de la crisis económica global; del mayor escándalo de corrupción de la historia brasileña; de la inestabilidad política; y de unos medios de comunicación que apuntaban contra toda la clase política y, en especial, contra el partido del gobierno, por haber estado en el poder los últimos catorce años y ganarse la fama de ser el más corrupto del país.

Este contexto de inestabilidad y judicialización de la política, sumado al descrédito general de la clase política, fue el ambiente ideal donde el ultraderechista Jair Bolsonaro hizo crecer su influencia. Mientras que en 2016 no era tomado en serio, convirtiéndose en carne de memes por sus frases políticamente incorrectas, a partir de 2017 empezó a aparecer como un símbolo de los hombres conservadores y de la indignación por la corrupción.

Así, las elecciones dieron inicio con el candidato favorito del electorado, Lula, haciendo campaña desde la cárcel. Sin embargo, el poder judicial le prohibió dar entrevistas a medios de comunicación y aparecer en la propaganda electoral oficial. Por ello, y aunque el PT mantuvo su candidatura hasta casi el final, acabó cambiándola por la de Fernando Haddad en el último momento. Haddad no era muy conocido por el público, a pesar de que fue alcalde de la ciudad de São Paulo y ministro de Educación del primer gobierno Lula (2002-2006). Las primeras encuestas otorgaron a Haddad un modesto resultado, pero pronto logró absorber buena parte de los votos atribuidos a Lula. Según fue avanzando la campaña, los indecisos decantaron su voto y, más o menos, todos los candidatos fueron adquiriendo puntos.

Pero a mediados de septiembre se notó claramente que, mientras Haddad disminuía su ritmo de crecimiento y los demás candidatos caían abiertamente, Bolsonaro continuaba su crecimiento aceleradamente. Eso se debe, en parte, a que la estrategia de los demás candidatos siempre fue la de ir a la segunda vuelta, ya que las encuestas daban como perdedor a Bolsonaro contra cualquiera que lo enfrentara. Por lo tanto, la campaña de la primera vuelta se basó en no criticar demasiado a Bolsonaro y en confrontar, sobre todo, a Haddad, bien para restarle votos (en los casos Marina Silva, de REDE, y de Ciro Gomes, del PDT), bien para arrastrar parte del voto de centrista (en los casos de Geraldo Alckmin, del PSDB, y de Álvaro Dias, de Podemos).

Como se dijo, toda la campaña contra el PT llevada a cabo por los medios de comunicación en los últimos dos años fortaleció la militancia bolsonarista, allanando el terreno a las agendas progresistas y republicanas, especialmente en el caso de la defensa de los derechos humanos, las reivindicaciones feministas o LGBTI, y las políticas sociales. Ni siquiera el asesinato en 2017 de Marielle Franco, concejala de la ciudad de Rio de Janeiro, evitó que, durante un discurso de campaña, el candidato seccional apoyado por Bolsonaro, Rodrigo Amorim, rompiese una placa pública que homenajeaba su memoria. El discurso de odio hacia la izquierda y las fake news caracterizaron la campaña de los seguidores de Bolsonaro.

El vuelco electoral

Hoy, después de la primera vuelta, tenemos a un Congreso totalmente distinto de lo esperado. Por un lado, y a excepción del PT, los grandes partidos han reducido sus escaños a la mitad. Por el otro, el PSL de Bolsonaro, que siempre ha sido marginal, logró ser la segunda mayor fuerza de la cámara, quedando a poca distancia del PT. Al contrario de lo que afirmaban los analistas, este año presentó la tasa más alta de renovación del Congreso, con muchos candidatos novatos. El país cuenta también con la mayor cantidad de mujeres de la historia de Brasil en el legislativo, y con la primera diputada indígena. Así, el mapa partidario ha cambiado completamente, pero casi todos los nuevos cuadros forman parte del movimiento de Bolsonaro o simpatizan con sus propuestas.

BRASIL-RED-KAPARI

El 2018 fue un año lleno de sorpresas también para la llamada “vieja política”. Al contrario de lo que se pensaba, muchos de los antiguos parlamentarios y señores de las redes clientelares del país no lograron renovar sus mandatos. Otra novedad que contradice las previsiones fue que los líderes más influyentes a nivel nacional y local no lograron que sus familiares salieran elegidos, a pesar de sus campañas millonarias y sus amplios contactos. Con todo, algunos viejos caciques de la política intuyeron ese giro hacia lo nuevo, y renunciaron a sus candidaturas de alto rango y bajaron a esferas electoralmente más fáciles de conseguir, como por ejemplo Gleisi Hoffmann (PT) y Aécio Neves (PSDB), antes senadores y ahora diputados, lo que requiere una cantidad inferior de votos.

Tras estos comicios, el país cuenta, actualmente, con los poderes legislativo y ejecutivo más conservadores desde la democratización de 1985. Aunque el PT haya logrado mantener casi todos sus escaños, y que el Partido Socialismo y Libertad (PSOL), situado más a la izquierda, tenga más diputados que antes, el mapa político de Brasil ha girado completamente hacia la derecha. Los grandes partidos de centro, como el antiguo PMDB, que tradicionalmente actuaba como bisagra, ahora son fuerzas medianas, quedando huérfanos de buena parte de sus líderes históricos. Muchos de estos están presos -inelegibles-, en pleno proceso por corrupción o simplemente no obtuvieron la aprobación popular. Así, Bolsonaro representó lo nuevo y, al mismo tiempo, el azote de los corruptos, los narcos, comunistas, los gays y las feminazis.

De forma similar a lo que ocurrió con Donald Trump, Geraldo Alckmin (PSDB), que fue la apuesta de el centro-derecha tradicional, obtuvo sólo el 4,7% de los votos frente al 46% obtenido por Bolsonaro. Así como ocurrió en Estados Unidos, el chiste de la extrema derecha se volvió realidad, y la importancia de las campañas políticas en las redes sociales sorprendieron a todo el mundo con discursos políticamente incorrectos, militancia online reaccionaria, y fake news.

En definitiva, esta primera vuelta demostró ser lo que la politóloga estadounidense Pippa Norris define como campaña posmoderna, es decir, independiente de los partidos políticos clásicos, con comunicación directa y digital con los candidatos y con una batalla constante por los datos de los electores. En la misma se enfrentaron lógicas basadas en el extremo personalismo del capital político acumulado por Lula, que trasciende al PT, y la construcción de un supuesto “nuevo líder y salvador de la patria”, representado por Bolsonaro. Esta última imagen, basada en la posverdad, se gestó casi exclusivamente a través de las redes sociales por una militancia generalmente joven y activa en Internet.

En este escenario, la segunda vuelta será una dura batalla entre la izquierda democrática y la derecha más reaccionaria del país. Pero el gran reto de la izquierda en los nuevos comicios no será mostrar a los electores que Bolsonaro es un monstruo. Esto muchos ya lo saben y, de hecho, es exactamente lo que desean. Quieren a alguien que altere el orden de cosas y que cometa las “necesarias” atrocidades “por un bien más grande”. Así, lo que definirá el resultado será el conflicto interior de los votantes centristas, debatidos entre la valorización de la democracia y los derechos humanos, y el impulso por resetear el sistema a cualquier precio.  

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Kapari Comunicación

Red de Comunicación Comunitaria Ecuador