Aztra: el proyecto de exterminio de los trabajadores ecuatorianos

Washington Espin

La masacre de Aztra sirvió de ejemplo para quienes se atrevieron a declararse en huelga y, en general, a quienes impulsaran cualquier acción de lucha. El 18 de octubre de 1977, los trabajadores del Ingenio Azucarero Aztra tomaron la fábrica exigiendo el cumplimiento del contrato colectivo. Pocas horas después, los mismos se declararían en huelga, y la fuerza pública reprimiría el conato de rebelión asesinando a más de 120 obreros en una sola tarde. Por ello, la masacre intentó ser el eslabón definitivo en la destrucción del movimiento sindical. De ahí le viene su brutalidad.

Años setenta. En aquella época, el mundo convulsionaba: pueblos que se liberan, pero también, golpes sangrientos del imperialismo. En Ecuador, languidecían las relaciones precapitalistas. Crisis y estancamiento en el agro serrano, y la exportación bananera era desplazada en tanto eje de acumulación económica por el petróleo. Ninguna de las fracciones de la burguesía era capaz de unificar a toda su clase con la sociedad en un nuevo proyecto histórico. Las disputas entre éstas se reducen a ver quién se llevaba las comisiones que dejarían las transnacionales de la explotación petrolera.

Este nuevo impasse, pretendió resolverlo la dictadura militar de Guillermo Rodríguez Lara (1972-1976) mediante un programa desarrollista. Entonces teníamos un significativo crecimiento económico, principalmente en la industria. En cambio, la producción agropecuaria para el consumo interno caía estrepitosamente. Los enormes recursos petroleros sirvieron, además, para el crecimiento de las importaciones, que bordeaba el 50% de incremento. Resultado de lo señalado, aumentó considerablemente la clase obrera industrial; se expandió la migración del campo a la ciudad, conformando una masa enorme de trabajadores temporeros y cinturones de miseria en las urbes; y a la vez, la producción artesanal se extinguía.

Sobre esta base se constituyó un robusto movimiento sindical. Y este fue el soporte de la lucha de clases desde el inicio de la década de los setenta. En aquellos años, la tasa media de sindicalización de la industria llegó al 38,4%, en tanto que en la rama de alimentos (la azucarera) ascendió al 45%. Esto llevó a un cambio en la propia naturaleza del movimiento obrero ecuatoriano: hasta entonces, este era mayoritariamente artesanal, pero luego los sindicatos de empresa pasaron del 79% al 91%. Los conflictos que estos gremios emprendieron fueron directa y abiertamente contra el capital nativo y transnacional, así como contra las fuerzas precapitalistas retardatarias.

Este fortalecido movimiento obrero cuestionó a las dirigencias amarillistas de la CEOSL (central sindical creada bajo el auspicio de la embajada de Estados Unidos) y de la CEDOD (fundada por los sectores más conservadores de la Iglesia Católica). Tras esta crítica, se inició un proceso unitario de los trabajadores ecuatorianos, que culminaría en la construcción del FUT en agosto de 1975.

Para ese año los problemas económicos, sociales y políticos se habían agravado. La producción agropecuaria seguía cayendo en picado, los precios de los alimentos subieron un 50%, y crecieron el déficit fiscal y de la balanza comercial. El boicot petrolero de la Texaco empeoró aún más esta situación. Ese mismo año, tomó fuerza el reclamo de la expropiación de las tierras ociosas, subiendo el tono de la conflictividad social. Por ello, la burguesía se opuso a la reforma agraria, a la compra del 51% de las acciones del consorcio petrolero, y exigió eliminar las “trabas” del Pacto Andino para las inversiones extranjeras, así como la liberación de precios y la eliminación de los aranceles a las importaciones, además de la exoneración de impuestos a la exportación del banano.

El triunvirato militar (1976-1979) que sucedió a Rodríguez Lara fue la pieza clave en la estrategia de la burguesía. Este profundizó la legislación antisindical: prohibición y penalización de las huelgas, archivo de pliegos de peticiones, ilegalización del gremio educativo UNE, y juicios y condenas a dirigentes sindicales. Aquel debía asegurar, ante la debilidad y división de las fracciones de la burguesía, el sofocamiento del movimiento sindical, para que en el marco de la “democracia” recuperada pudieran arreglar sus cuentas e intereses.

En todo este contexto, la masacre de Aztra sirvió de ejemplo para quienes se atrevieron a declararse en huelga y, en general, a quienes impulsaran cualquier acción de lucha. El 18 de octubre de 1977, los trabajadores del Ingenio Azucarero Aztra tomaron la fábrica exigiendo el cumplimiento del contrato colectivo, que estipulaba el pago del 20 % del alza del precio del azúcar. Pocas horas después, los mismos se declararían en huelga, y la fuerza pública reprimiría el conato de rebelión asesinando a más de 120 obreros en una sola tarde. Por ello, la masacre intentó ser el eslabón definitivo en la destrucción del movimiento sindical. De ahí le viene su brutalidad.

Sin embargo, los trabajadores no detuvimos nuestra lucha. Y pese al reflujo que consiguió el triunvirato con la represión, realizamos dos poderosas huelgas nacionales: la del 14 de noviembre de 1975, y la del 18 de mayo de 1977, a más de los focos de conflicto que se mantuvieron encendidos en centenares de fábricas. El programa que nos unió a las principales centrales sindicales fue la nacionalización de la industria petrolera y eléctrica, la reforma agraria, el aumento de los salarios, la estatización del comercio exterior y de los alimentos.

La legitimidad y la hegemonía que alcanzó el FUT echaron raíces profundas en el pueblo ecuatoriano. Tanto así que, en los plebiscitos convocados en 1986 por el presidente León Febres Cordero, y en 1994 por su homólogo Sixto Durán-Ballén, fueron derrotadas sus pretensiones de eliminar las conquistas de los trabajadores. Y las grandes luchas victoriosas contra los gobiernos neoliberales no permitieron el tratado de libre comercio con Estados Unidos, o derrocaron a esos gobiernos a la luz de las consignas y del programa mínimo de los sindicatos de clase. Se lo debemos a los combatientes de aquellos años, a quienes cayeron en esas luchas y fueron masacrados, como en Aztra, por los que se propusieron borrar de la historia a los trabajadores.

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Kapari Comunicación

Red de Comunicación Comunitaria Ecuador