Ethos-Capitalista Red Kapari

La fabulosa mutación del vampiro

Martín Scarpacci-Kapari

El sistema muda en la superficie. Conservador, moderado, clásico, neoclásico, liberal, neoliberal, neoliberal revival, y continúa mutando. Hoy financiero y especulador. Experto en imagen, sólo cambia la película que lo contiene. Sólo en sus mecanismos, perfecciona su estrategia. Su fin es siempre el mismo: lograr mayor acumulación con menor inversión en el menor tiempo posible. Todo lo demás –y digo todo- no cuenta.

Marx señalaba en el manifiesto comunista que nunca había existido una clase más revolucionaria que la burguesía. Esa clase engendraba consigo, mediante sus revoluciones permanentes, un contagioso ethos capitalista. El modo de producción mudaba y, junto con ello, la Humanidad daba un salto de un tiempo histórico a otro. Eso llevó a Marx y a Engels a escribir esa maravillosa frase: “Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”. El ethos naciente  aniquilaba, según conveniencia, de manera desigual el ethos feudal. Esto es tan así que aún hoy, inclusive con renovadas fuerzas, capitalismo, coloniaje y trabajo esclavo perviven en total armonía. Algo que Trotsky llamó “ley del desarrollo desigual y combinado”, es decir, una “amalgama de formas arcaicas y modernas” de producción.

Hijas de la expansión colonial-capitalista, las burguesías latinoamericanas parecen no encajar en el vigor burgués que señalan Marx y Engels:

La gran industria ha creado el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial aceleró prodigiosamente el desarrollo del comercio, de la navegación y de los medios de transporte terrestre. Este desarrollo influyó, a su vez, en el auge de la industria, y a medida que se iban extendiendo la industria, el comercio, la navegación y los ferrocarriles, desarrollábase la burguesía, multiplicando sus capitales relegando a segundo término a todas las clases legadas por la Edad Media.

Esa fuerza progresista burguesa en las periferias del mundo capitalista no obraría de igual modo que en el centro. En el camino evolutivo que desarrolla el capitalismo, las burguesías latinoamericanas pertenecen a la peor especie: conservadoras por naturaleza y reaccionarias al cambio. Hijas de la colonia proveedora de recursos primarios, mismas que ante el cambio de ethos, apenas sí mudaron sus ropas.

Desde la perspectiva de Florestan Fernandes o de Ruy Mauro Marini, las burguesías nacionales, que en el transcurso del tiempo lograron cierto grado de heterogeneidad, se subordinarían siempre naturalmente a los intereses extranjeros, aunque, de igual modo, esta contradicción no les impedía que controlasen la maquinaria burocrática estatal. Es decir, esas alianzas oprimen a las clases trabajadoras, algo no muy distinto al periodo colonial. Lo que sí es claro, es que no existe tal actitud revolucionaria mencionada anteriormente. Es por ello que Fernández y Marini teorizan que, para superar el subdesarrollo, deberíamos apoyarnos en una construcción socialista donde las clases trabajadores fuesen el sujeto del cambio.

Bajo el mismo diagnóstico, es decir, la carencia de un proyecto nacional burgués, Fernando Henrique Cardoso planteó un camino inverso al de los dos anteriores. O lo que es lo mismo, Cardoso también reconocía esa subordinación-dependencia de las burguesías nacionales al capital extranjero, por lo tanto, desde su perspectiva, en vez de combatirlo, había que estimularlo. Cardoso, de modo contrario a Fernández y Marini, se apoya en la burguesía transnacional. En este contexto, el Estado debería ser un facilitador del sector privado y del capital internacional. En cualquiera de las antagónicas posturas, las burguesías nacionales son reconocidas como un sector social sin vocación de cambio. Nada tienen que ver con las burguesías que Marx veía en la revolución industrial inglesa.

Las burguesías latinoamericanas, sin embargo, pertenecen a un sector de la estructura social que, si bien no evoluciona, no existe motu proprio, sí se adapta. Casi siempre, salvo raros casos, su cosmovisión es conservadora, dependiente, subordinada, explotadora y, sobre todo, especulativa. En este último aspecto no existe contradicción con buena parte de la burguesía transnacional contemporánea. Hemos llegado a un punto de encuentro. Irónicamente es, tal vez, la evolución del ethos; su perfección.

Las especies cambiaron adaptándose a las reglas que imponía el contexto, lo que de ninguna manera varía, es el fin que las guía. Entonces, en rasgos simples y generales, es necesario resaltar que una cosa es la burguesía industrial y otra cosa diferente la financiera; mientras que una produce, la otra especula. Esta formidable adaptación genética vampiriza al mundo, pero, además y de modo notable, vampiriza al vampiro. La burguesía especulativa devora también a la burguesía productiva. Es el tiempo de la especulación, el ethos que gobierna al mundo es cada día más parecido a un parásito. 

Recapitulando, el sistema creó unas burguesías en el centro global con espíritu de cambio, razón por la cual Marx las describe como revolucionarias. Por su parte, en las periferias globales, las burguesías poseen un carácter totalmente diferente, especuladoras y dependientes por naturaleza. De igual modo, esquemáticamente, el capitalismo global en su devenir irá atravesando etapas, de mercantil a industrial, de industrial a financiero y de financiero a especulativo. Extrañamente o no, la evolución capitalista global devino en el carácter especulativo tradicionalmente burgués-periférico. El circulo se cerró. El resultado de todo esto es que hoy tenemos el ethos capitalista más alienante que jamás haya existido, guiando sin fisuras las fuerzas capitalistas a escala planetaria –y a la Humanidad en su conjunto- detrás del norte financiero-especulativo. Venimos al mundo y nos vamos de él persiguiendo la acumulación por la acumulación.

Me quiero concentrar en describir cómo el sistema de acumulación capitalista (que nunca deja del todo de ser colonial) se va sofisticando de manera permanente, se adapta, cambia, se perfecciona, muda y se complejiza. Su naturaleza es de crecimiento exponencial ilimitado, se amplía en periodos a gran velocidad y en otros disminuye. Incorpora lo externo, lo original y lo que creíamos un derecho ganado y enajenable, y, además, increíblemente, de ser necesario el sistema se contrae. Aunque sólo un poco para volver sobre sus pasos con una revolución más grande, renovada, con otra apariencia. El sistema muda en la superficie. Conservador, moderado, clásico, neoclásico, liberal, neoliberal, neoliberal revival, y continúa mutando. Hoy financiero y especulador. Experto en imagen, sólo cambia la película que lo contiene, sólo en sus mecanismos, perfecciona su estrategia. Es la fabulosa mutación del vampiro. Su fin es siempre el mismo. Lograr mayor acumulación con menor inversión en el menor tiempo posible. Todo lo demás –y digo todo- no cuenta.

El grave problema es que la fantástica capacidad de adaptación darwiniana capitalista es destructivamente exitosa. Algunos teóricos señalan que ese éxito será lo que finalmente logre matar a la bestia. El gran problema es que, tal vez, todos sucumbamos con ella. Bajo este ethos crecimiento es consumo. Así, el sistema inyecta en la atmósfera, además de gases de efecto invernadero, partículas de deseo en cantidades ilimitadas. Deseo ilimitado, creando un clima cada día más caliente y una sociedad cada día más insatisfecha. Esto no es otra cosa que el tiempo-espacio del vampiro. Es el espacio, el tiempo y la sociedad que crea este modo especulativo y financiarizado de producción.

La crisis de civilización que atraviesa el navío llamado Tierra responde al éxito del ethos capitalista. Los valores del capitalismo asumidos por la sociedad planetaria nos llevan a límites insostenibles, instrumentalizando las relaciones sociales, los afectos, y en fin, las personas, pero también la naturaleza y, por supuesto, al Estado. La alienación juega su papel y en este contexto, el Estado no puede quedar por fuera del alcance de las ambiciones del capital empresarial. Sucede que el Estado resguarda derechos, que desde el punto de vista del capital, es riqueza potencial a ser usurpada.

Mauricio Macri, Presidente de la Nación y su par chileno, Sebastián Piñera Foto Archivo

En muchos países es posible ver como el empresariado se apoderó materialmente de los gobiernos. Para lograrlo, los modos poseen leves variaciones: aunque siempre parece democrático, la democracia, también financiarizada, alienada, es una democracia agónica. La estrategia repetida va, desde la mentira impuesta por el triunvirato que integran los grandes medios oligopólicos de la información, la justicia obediente y el legislativo subsumido, hasta el golpe blando. Desde los Estados Unidos con el simbólico Donald Trump, pasando por Mauricio Macri y Sebastián Piñera en Argentina y Chile. Fieles representantes de un empresariado depredador que logró imponerle al Estado desde adentro su propio Ethos. El tiempo-espacio del vampiro pertenece al gobierno de los CEO.

La intención es la de demostrar cómo el sistema capitalista evolucionó su forma de dominación, explotación y alienación a escala planetaria. La última estratagema genética del capitalismo, sin dudas, fue la financiarización de la economía, pero también la financiarización del propio Estado (una reedición de El Dorado)[1]. Es el establishment empresarial entronado en el poder, que ya no solo orienta desde afuera el devenir de los países, sino que directamente se ha enquistado en su interior. El resultado de todo ello es una obscena desigualdad, coexistiendo lujos y acumulación sin el mínimo sentido nunca antes siquiera imaginado, junto con la más brutal marginación de una enorme masa de la población global y una crisis ambiental generalizada a escala planetaria que está ingresando a una fase de no retorno.

La deuda pública en este formato se vuelve una forma de acumulación. Una vez en el Estado, endeudar y fugar es una forma sublime de evolución del vampiro. Así, la coalición rentista, que encabeza el empresariado financiero, vampiriza al sector productivo, al Estado y a la sociedad. El Estado es, desde esta perspectiva, una fuente de recursos a ser saqueados. Una nueva frontera artificial a ser avasallada, un renovado juego del despojo. Capitales sociales y riquezas naturales que, una vez saqueados, serán acumulados en la gran cueva offshore del vampiro transnacional. La fiesta debe continuar.


[1] Según Costas Lapavitsas “no debería sorprendernos la pronunciada inestabilidad de la financiarización. Las finanzas están relativamente desconectadas de la producción, y cuando están suficientemente desarrolladas, tienden a crear montañas de préstamos y deudas, obligaciones y contra-obligaciones, que solo tienen una débil conexión con los procesos de creación de valor. Suele acabar en un crash”.

Published by

Kapari Comunicación

Red de Comunicación Comunitaria Ecuador