Cambien el repertorio para el velorio del rock

Marcelo Negrete INVITADO KAPARI ECUADOR

Si no reconocemos que los artistas somos trabajadores nos vamos a extinguir. Además, debemos exigir al Estado que suspenda la gratuidad y que, por ley, los productores estén obligados a remunerar a los artistas.

Una de las problemáticas que existen dentro de la escena rock es la falta de asistencia a los conciertos, ya sean públicos y privados. A partir de un recorrido breve sobre la historia del rock pretendo hacer una reflexión de por qué nuestra cultura, que llenaba eventos y pagaba por sus artistas, en la actualidad ya no lo hace. Sin duda hay varias responsabilidades, y expongo algunas sin fanatismos para no seguir culpando al público, al que se le ha educado para que no salga de su metro cuadrado.

Como punto de partida, sería pertinente preguntarse ¿La escena “rockera” de antaño daba garantías a los productores del rock en niveles de asistencia? En los años noventa, los conciertos no eran tan seguidos, alrededor de uno cada dos meses. Entre estos, una de las prácticas comunes era el famoso “portazo”, que consistía en esperar y aglutinarse en las afueras del recinto para, a mitad del espectáculo, entrar forzada y gratuitamente si no había rebaja en la taquilla. Los “portazos” más famosos, que contaban con una metodología propia para llevarlos a cabo, se dieron en el Coliseo Julio Cesar Hidalgo, Coliseo Rumiñahui o en las casas barriales como las del Calzado. Cuando sucedían, los organizadores, impotentes, tenían que recurrir al órgano policial para garrotear a quienes accedían con esta técnica.

Por ello, y antes de la devaluación del sucre, los productores ecuatorianos hablaban de una crisis del rock, debido a que los esfuerzos realizados para emprender los conciertos no generaban las ganancias esperadas, por falta de apoyo y de voluntad para pagar las entradas. En otras palabras, se extendió la idea de que, sin pérdidas ni beneficios económicas, todo se realizaba por amor al rock.

Ya en el nuevo siglo, la globalización, la aparición de Internet y la dolarización, permitieron abrir un escenario en el que los productores comenzaron a endeudarse para traer a bandas internacionales, que en su mayoría procedían de España, como Ángeles del infierno, Barón Rojo, Kraken, Mago de Oz, o Rata blanca. Sin duda, este boom empezó a movilizar a los ecuatorianos, y de una escena que se reunía para escuchar bandas nacionales e intercambiar casetes, se pasó a un mercado con grandes intereses económicos.

Con todo, según me han contado algunos artistas de los que omitiré sus nombres por obvias razones, en los noventa para ser telonero de una banda internacional o acudir a algún festival, se tenía que ser amigo del productor o de los responsables de organizar los conciertos, además de no cobrar por el trabajo porque “era un honor abrir a un músico extranjero”. Así, puede comprenderse por qué todavía hoy se repiten los mismos carteles, con las mismas bandas, desde hace más de veinte años. Con el agravante de que los precios para autoproducir discos superan hoy los 3.000 dólares, por lo que los grupos que poseen trabajos discográficos de calidad son muy pocos y, por tanto, se mantiene el monopolio de pocas bandas en la escena nacional.

ROCK ECUADOR RED KAPARI
Foto: Jorge Chango

La política y el rock en Quito

Por la gran acogida que desde el 2000 tiene el rock, sus adherentes pasaron de ser vistos sólo como clientes, a también como sujetos políticos. Varios partidos políticos vieron en la escena a un público seductor, al que propusieron moldear. Sin embargo, pocos realmente pudieron obtener un trabajo en el Estado o conseguir recursos económicos para sus producciones.

En este sentido, por ejemplo, en la tradicional “Semana del rock”, el eslogan “falta de apoyo estatal” se ha convertido en la excusa perfecta para no pagar a las agrupaciones, así como para que las bandas emergentes entren en una dinámica de competencia al más puro estilo “Bailando por un sueño” para poder tocar en festivales. Sin mencionar que, para un artista, presentarse un miércoles o jueves en la mañana, cuando todo el mundo está trabajando o estudiando, es poco atractivo. 

En el año 2008, tras la tragedia de Factory, donde murieron 19 personas del género gótico, el recientemente creado Ministerio de Cultura se convirtió en un financista de la cultura, que en el nombre de la inclusión regaló dinero a organizaciones que, supuestamente, eran voceras del rock. Pero esta relación tenía precio -en política todo lo tiene- y varios colectivos empezaron a responder a los partidos que auspiciaban el rock desde las instituciones; es decir, las camisetas negras pasaron a ser verde flex. Desde entonces, nuestra participación en la política nacional se resume en el “día del rock”, en un concierto por la democracia tras el 30S  y, por ahí, en algún concejalillo que pasó desapercibido, tanto para los “rockeros” como para su propio partido. 

A partir de aquí, podemos entender cómo la gratuidad estuvo auspiciada por las instituciones públicas y avaladas por “representantes del rock” que, desde mi punto de vista, destrozaron la escena artística y urbana en Ecuador.

Sin herir sensibilidades, de todo hay que aprender

A muchos les parecerá raro, pero en las provincias se mantienen prácticas de producción más dignas: se invita a una o dos bandas nacionales de trayectoria y se completa el cartel con otras emergentes. Aunque quienes sostienen esta escena son criticados por los “representantes del rock”, éstos, con sus limitaciones, pagan a las bandas, les dan de comer y de beber, y también se les agradece el apoyo y asistencia. Cosa contraria de los festivales o conciertos internacionales, en los que bandas que llevan más de cinco o diez años tocando, tienen que acudir por sus propios medios para telonear a las mismas bandas que hace veinte años.

En este sentido, ¿qué podemos exigirle al público si le damos desde hace más de dos décadas lo mismo y damos a las nuevas generaciones una herencia donde la viveza criolla predomina? Si no resolvemos autocríticamente algunos de los puntos aquí tratados, teniendo en cuenta las particularidades que tiene la escena nacional, no vamos a cambiar nada.

La escena del rock, de alguna manera, evidencia la crisis por la que pasan cientos de artistas y, como diría la canción, “todos hoy somos culpables”. Si no reconocemos que los artistas somos trabajadores nos vamos a extinguir. Además, si no cambiamos el repertorio de bandas no podemos exigir nuevos públicos. Y, por último, debemos exigir al Estado que suspenda la gratuidad y que, por ley, los productores estén obligados a remunerar a los artistas. He aquí unas pocas ideas para que al velorio del rock no lleguen más muertos.

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Kapari Comunicación

Red de Comunicación Comunitaria Ecuador