La utopía del empleo fijo

La precariedad laboral no debe ser entendida como un fenómeno natural inevitable, sino como la opción política de las élites. La economía no es una ciencia pura, no es neutral, más bien está basada en decisiones, muchas de ellas tomadas por oligarquías que ejercen un poder no refrendado en las urnas.

Las últimas estadísticas referentes al empleo en Ecuador no son nada esperanzadoras. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC), la tendencia a la baja del índice de la precariedad laboral se interrumpió en 2016 y, desde entonces, no ha hecho más que aumentar. Es decir, desde hace dos años trabajamos más horas por menos salario, en condiciones contractuales temporales o parciales, y sin los beneficios que, por ley, nos corresponden, como la plena afiliación al IESS, el pago de utilidades y el cobro de horas extraordinarias o décimos sueldos. A esto, deben sumarse que los actuales datos sobre accidentes laborales indican, también, un incremento de la mortandad, al tiempo que se aprecia una mayor pobreza rural desde el año pasado.

Hace ya una década, el economista británico Guy Standing acuñó el término precariado para referirse a una clase social en ciernes, que vendría a situarse entre la clase obrera tradicional y el lumpenproletariado: grandes masas de jóvenes, muchos de ellos universitarios, que a pesar de trabajar no consiguen salir de la pobreza o de la dependencia de sus mayores. Más allá de los desacuerdos que tenemos con la idea de que nos encontramos, realmente, ante una nueva clase, la importancia de esta concepción reside en su capacidad para definir que este momento se multiplica a escala global.

Con todo, la precariedad laboral no debe ser entendida como un fenómeno natural inevitable, sino como la opción política de las élites. La economía no es una ciencia pura, no es neutral, más bien está basada en decisiones, muchas de ellas tomadas por oligarquías que ejercen un poder no refrendado en las urnas. Prueba de ello son las recientes declaraciones que el presidente Lenin Moreno pronunció a propósito de una convención de jóvenes emprendedores: “El Ecuador, a lo mejor, ya no da para empleo fijo, por lo menos en el sector público ya no tenemos dónde meter gente. O sea, que, si alguno tiene la expectativa de trabajar en el sector público, me temo mucho que lo voy a desanimar. En cambio, sí tenemos recursos y dinero para darles a ustedes mediante el banco del Estado para que ustedes emprendan”. Es decir, no hay recursos públicos para fortalecer el sector que, tradicionalmente, mayor estabilidad laboral ofrece, pero sí hay financiamiento para la creación de nuevas empresas.

Esta directriz esconde detrás argumentos puramente ideológicos: merece más la pena invertir en sectores productivos (privados) que en aquellos improductivos (públicos). O lo que es lo mismo, se allana el terreno para que nuestro sentido común se desplace hacia la amabilidad con las privatizaciones. Algo que también confirmaba esta semana el ministro de Hidrocarburos, Carlos Pérez García, que insinuó que contaba con la aprobación del presidente para eliminar los subsidios a los recursos energéticos básicos.

La propia concepción de emprendimiento está, de por sí, atravesada políticamente. Desde el punto de vista de las relaciones productivas, el emprendedor se sitúa exactamente en la misma posición que, antes, ocupaba la burguesía. Sin embargo, en esta coyuntura, hasta la labor empresarial se ha visto afectada por la precariedad y ha sido necesario reinventar un término que, por un lado, recoja las nuevas y movedizas condiciones del patronazgo y, por otra, maquille de innovación la expropiación del plusvalor. Hoy son muchos los jóvenes que aspiran superficialmente a ser sus propios jefes y, como expone Remedios Zafra, se lanzan con entusiasmo a una vida laboral precaria en los llamados sectores de la creatividad: falsos autónomos, coworking, empresarios unipersonales, etcétera. La máxima expresión de la libertad emprendedora es hoy trabajar como diseñador gráfico sin jornada de trabajo reglamentada, creando para un tercer una página web en el Sweet & Coffee más cercano con la MacBook bajo el brazo. Una imagen cool que esconde el consenso de la explotación voluntaria.

La trampa del emprendimiento, así, no es más que el escudo de quienes tienen todo que perder si el capitalismo entra en una crisis irreversible. Frente a otras posibilidades, como el fortalecimiento del empleo seguro o la reducción de la jornada laboral, escoger como política pública el financiamiento de las actividades privadas es el salvavidas desesperado del neoliberalismo. El juego “gatopardiano” de cambiar algunas piezas para que nada cambie.

Pero en ello no podemos encontrar responsables sólo en unas malévolas élites que manipulan a su antojo al pueblo. Pensar así es no haber entendido cómo se construye y funciona la hegemonía cultural. Los consensos que poco a poco van penetrando en el tejido social a este respecto están, también, sustentados por la actividad de parte de la dirigencia sindical, que, en lugar de responder a la crisis en defensa de nuestros intereses de clase, continúan inmóviles en el eje “correísmo-anticorreísmo”. Sólo desde este punto de vista puede entenderse que los dirigentes del Frente Unitario de Trabajadores (FUT) -en un país con más muertos en el trabajo, más precariedad laboral urbana y más pobreza rural que antes- inviten a encabezar el Primero de Mayo al Consejo de Participación Ciudadana y Control Social Transitorio (CPCCS-T), cuyos méritos en pro de la clase trabajadora son aún desconocidos; que sus líderes en Guayaquil homenajeen al expresidente de la Cámara de Industrias y Producción del Ecuador, Pablo Dávila Jaramillo; o que desde la Confederación Ecuatoriana de Organizaciones Clasistas Unitarias de Trabajadores (CODECUT) se resignen a exigir “un estudio previo de los subsidios que pueden ser eliminados.

Así las cosas, algo huele a podrido en las relaciones laborales en Ecuador. Por un lado, las élites políticas y económicas nos sumergen poco a poco en una corriente, ya practicada en otras geografías, que soluciona la crisis del empleo con más capitalismo. Por el otro, quienes tendrían que defendernos están más preocupados de mantener la “paz social” aunque para ello caigan en dejación de funciones. Que el empleo fijo no se convierta en una utopía, depende más que nunca de la creación de un cuerpo sindical fuerte, aunque para ello haya que desalojar radicalmente a quienes hoy lo comandan.

 

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Kapari Comunicación

Red de Comunicación Comunitaria Ecuador